Parte IV

Como bien dices Edu, este año, también hablamos  con Agapito, y en este caso nos pidió que escuchásemos los sonidos que aparecen en el entorno de nuestra procesión. ¿Sonidos, Ruidos?, mil puede haber le contesté, que tema tan complicado, y él me remitió a consultar a los profesionales de la docencia, momento en el que tanto Marina, como Carmen Cantalejo me explicaron que entre otros ruidos se encuentra la música, pues ya en la definición clásica se la califica como “el conjunto de ruidos agradables al oído”, por lo cual me puse a meditar y saqué la siguiente secuencia. 

Si hay un sonido simple y que a mí me ha resultado siempre impactante, este es el chocar de los palillos de Jiménez para marcarnos el inicio cuando estamos esperando en la explanada. Es curioso como después de la espera hablando unos con otros, cuando nos tapamos con el capuchón y nos colocamos en las filas, prima un silencio nervioso  y todos miramos al frente al lugar de Javier, de repente pone las baquetas en alto y da dos o tres golpes antes de marcar el compás de inicio; esos golpes ......tac, tac, tac no son fuertes, pero todos los escuchamos y, no sé a los demás, pero a mí me supone un acelerón impresionante, me viene a la mente la primera vez que lo oí ¡que recuerdo tan bonito!, con ello empezamos nuevamente nuestra andanza, mi toque ya lo sabéis, tres y me callo, tres y me callo y así hasta que lleguemos a la plaza.

Llevamos nuestro ritmo, de vez en cuando cantan las dulzainas. En la primera parte del recorrido el sonido se expande hacia todos los lados, vamos por calles anchas , además vamos frescos y con gente observándonos, de vez en cuando se adivina el “clin”, clan de una vara portada por los mandamases que quieren controlar las filas, se me hace la idea del Cristo recién cargado con su Cruz , con el ritmo que le marcamos todo parece sencillo, aunque vamos haciendo un recorrido que tiene su miga de acuerdo con la secuencia de La Pasión, tal y como vimos el año pasado.

Cuando subimos hacia el Salón las piernas se van cargando, el pulso se acelera y el sonido de nuestra música también cambia, esa subida nos deja cansados, el corazón bombea con fuerza y nuestro sonido se concentra en la calle estrecha, casas a un lado y al otro la muralla, por ello retumba fuerte entre las dos paredes que nos encierran, las dulzainas quieren darle otro aire, pero, como si fuera un reflejo del esfuerzo del Nazareno, todo nuestro sonido se concentra en un pequeño espacio luchando por salir, nos asfixia, se agolpa en nuestros oídos y sólo para nosotros,  no hay vuelta no hay más salida que para delante, hacia el Arco del Socorro.

Tenemos un pequeño respiro bajando y se abre el espacio, con lo que la concentración del sonido se hace menos intensa, pero eso dura poco, otra vez a subir y a encajonar las notas musicales en el espacio cerrado del Arco, otra vez esa intensidad impresionante, las mandamos directamente hacia la persona de Agapito,  que las escuche y las disfrute, para luego, después de ese momento intenso caer en el silencio espeso e increíble de la plazuela, sólo escuchamos el chirriar de alguna de las ruedas mal engrasada de la carroza, nuevamente el “clin” clan de las varas y tras ellas las carracas, después el romance desde los balcones, un romance precioso, no sólo por lo que dice, sino también por como lo dice......romance, silencio, chirrido de ruedas, tic tac de las varas y nuevo romance a la Virgen.

Tras disfrutar de silencios y versos, volvemos a lo nuestro.......tres y me callo; otra vez solos, estamos en la ronda, el sonido tiene salida hacia el valle, sigue siendo triste, me vuelvo y aunque la figura del Cristo no viste el blanco que lo destacaba en la noche, veo a ese porteador de rojo, que vuelve otro año más hacia la cima del monte  Gólgota cargando su cruz y rodeado de nosotros, personas anónimas, con el rostro tapado, de negro ¿verdugos o acompañantes?, no lo sé, pero lo que veo es que nada mas  marcamos el camino y el ritmo al que ha de recorrerlo, él sólo y cargado.

Nos queda lo peor, la subida más fuerte y más estrecha, y al igual que el corazón y los pulmones están  a punto de explotar cuando subimos por una ladera empinada, ahora el sonido de la música imita a lo anterior, la calle es larga y muy estrecha y la música se concentra de una manera intensísima, brota y sale con fuerza, pero se queda con nosotros rodeándonos y golpeándonos con toda su intensidad; de nada sirve que las dulzainas quieran empujar también para buscar la salida, al igual que los pulmones arden y el corazón golpetea con fuerza en esa subida, los sones musicales también, están dentro de esos callejones, nos rodean,  nos asfixian  y anuncian lo que cada Jueves Santo conmemoramos, la muerte del Jesús Nazareno que nos sigue detrás y al que no solo  llevamos, sino que le hacemos cargar con su Cruz.

Nueva parada, donde silenciamos los instrumentos para asumir el descanso y la paz de las voces de las Siervas; parece que viene el sosiego, asumimos su destino, y volvemos a nuestro ritmo en unas calles más anchas que nos permiten, mantener una intensidad de sonido menor,  como si una vez que hemos coronado el monte, se busque una tranquilidad espiritual y exista un conformismo con el destino final que año tras año nos trae a acompañar a nuestro Cristo y la Virgen hasta la plaza.

Finalmente, nos atrevemos a  mirarle a la cara, para a rendir honores... tres y me callo, carraca, tambor y dulzaina, hasta que entra la carroza en San Miguel y suena el toque de Eduardo marcando el final, lo que origina una parada en seco, pero dónde aún sin tocar ningún instrumento musical, retumba dentro de nuestras cabezas ese sonido triste  que nos ha traído nuevamente a la plaza.

Semana Santa 2010.

 

Por Luis Cuesta Albertos