Parte I

Cuentan que , de antiguo, sobre los años 80, cuando trasladaron al colegio Marista a los altos del Pinarillo, se llevaron al Cristo con la Cruz a Cuestas, quién pasó: de encontrarse en todo el bullicio de la ciudad a ubicarse en un altozano desde el que dominaba los valles del Clamores y Eresma en una extensión considerable.

Una vez finalizado el crudo invierno castellano, y desde su envidiable observatorio, comenzó a preguntarse la razón por la que; mientras que otras cofradías afinaban sus instrumentos musicales, los chicos de Ademar no conseguían

encontrar la forma con la que dar realce al paseo que debía darse desde el Pinarillo hasta la Plaza Mayor y la posterior procesión del Viernes Santo. Estando meditando en esto, los aires de la sierra llevaron su pensamiento hasta Valverde del Majano, lugar en el que habitaba por aquel entonces Agapito Marazuela, músico de pro y virtuoso de la dulzaina, quien entabló un diálogo con el Cristo y tras una animada conversación le dijo: Yo tengo la solución, a partir de ahora te voy a proporcionar dulzaineros y tamborileros que te acompañen y hagan llorar a los instrumentos componiendo piezas musicales propias para la ocasión.

 

Transcurrieron los años y la banda de Ademar acompañaba puntualmente, con mayor o menor acierto al Cristo, pero en su trayecto del Jueves Santo faltaba algo, ese algo era precisamente la presencia del amigo en el recorrido, y eso era un problema, por lo que, ambos de acuerdo, hicieron que la mente del alcalde de turno gestara la idea de la instalación de un monumento al folclorista, pero no donde quisiera el primer edil, no, los dos tenían en mente que el lugar elegido para saludarse sería a la entrada en el recinto amurallado, nada más vencer las subidas del salón. Quiso Agapito influir en el escultor. Se colocó en una de las puertas de la ciudad, avanzando hacia un amigo a recibirle, apoyándose en su guitarra; y, en señal de respeto, solicitó que le quitaran el sombrero. Si os fijáis en tal pose, veréis que todo su cuerpo está inquieto disponiéndose a saludar a alguien que viene.

La importancia del silencio. Otra idea importante que no se os debe escapar —que también poseían los dos amigos— y que fue introducida en la mente organizadora de la procesión, es el silencio reinante en el momento del encuentro de cada noche de Jueves Santo; y ello es debido a dos razones: La primera, que Agapito quiere escuchar sus dulzainas y tambores, tomando buena nota de ello; y la segunda, entablar una conversación entre ambos. Esta conversación no es difícil escucharla; y si, prestas atención, podrás oír cómo Agapito se ofrece a ayudar: "Vendrás muy cansado de subir las dos cuestas -¿quieres que colabore contigo?"; a lo que el Cristo contesta: -"Gracias Agapito, pero está escrito que he de ser yo el que porte la cruz". Siguen con el diálogo: -¿Cómo ves este año la música?, pues este año Emilio pega con ganas, no veo a Madrigal, ni a Rafa, tampoco distingo a Lolo, Richi va nervioso, Eduardo sopla bien, Garci con su caja china, esos pequeños dan fuerte, los bombos hasta van al mismo ritmo ¡pero si lleváis chicas!....etc.. Es una conversación variada en la que siempre Agapito acaba pidiendo a su amigo El Cristo que le mande a los chicos de la banda para un último repaso. Y es por ello por lo que, todos los años, la banda se ve obligada a acudir a los pies del maestro Marazuela el Viernes Santo a afinar y solicitar los consejos de Agapito, cuestión esta que no muchos saben pero que supone una obligación como ensayo final y a la vez la forma que se tiene de homenajear a este importante músico, amigo de nuestro Cristo; que, de la manera que os he relatado, facilitó dulzaineros y tamborileros a la cofradía de Ademar, independientemente de conseguir que, al final, y tras escuchar sus consejos, dulzainas, tambores y bombos suenen de manera decorosa. 

 

Luis Cuesta Albertos