Segunda Parte

Tomo muy gustoso el relevo de Don Rafael Cantalejo, buen amigo y compañero en el arte de aliñar sonidos nuevos para el acompañamiento musical del Santo Cristo de la Cruz a Cuestas y de la Virgen de las Angustias. Y como los años pasan en un suspiro ¡que parece antes de ayer cuando veo las fotos adheridas por mi anterior narrador! Yo también me tengo que introducir en el túnel del tiempo y volver al pasado.

      Creo recordar que es en el año 1990 cuando, después de ser sometido a unas exigentes oposiciones en el conservatorio del Pinarillo, ingreso en la “Real Banda” de música de nuestra Cofradía como tamborilero. Antes, me había preparado para tan alta prueba, mi amigo Manín (de Los Silverios); con lo cual, yo estaba relativamente tranquilo para superarla, y con nota.

      En aquel año éramos unos 18 o 20 componentes, entre dulzainas, tambores y bombos. De las primeras, continuaba Fernando Ortiz y Tonet    -que se había pasado a este instrumento- uniéndose posteriormente Julio Michel, el titiritero; y algún año después, Jesús Bestéiro y Richi.

      De tambores, es justo y necesario mencionar a Antonio Madrigal, humorista sutil y agudo como su redoble: un repiqueteo constante con aires sevillanos. Un cofrade que tiene como baqueta su pilot negro para plasmar en un papel, improvisadamente, el desasosiego de un penitente enrollado en una maraña de cadenas, al tiempo que sale de su boca: “se lo dije muy claro a Gertrudis, mi señora, que las cadenas era la botella de anís que tengo en la repisa, y la acémila me prepara estas de 2500 eslabones ¡qué cruz! Como para perderla el cariño, incluso en Semana Santa”. También estaba Goyo Huertas, otro señor de barba, ya blanquita y tambor; que, junto con Madrigal, nos siguen abriendo el coro para cantar el himno de nuestro insigne San Marcelino Champagnat en la tradicional cena de la banda antes de la Semana Santa. Y dos tamborileros de postín: José Luís Gilsan “Mandi” y Jesús de Blas.

       Entre los bombos, sentó cátedra Tanis, inconfundible bombero, con capuchón o sin el. Un verdadero virtuoso de la maza en contacto con el parche. A finales de los 90 entró en la banda Lolo, un buen pater familias: está pendiente de todo y de todos; y a principios de la nueva década llegó Luís Cuesta. El pum pum pum y me callo de su bombo se ha hecho seña e identidad de la banda.

       En esos años, se inició el recorrido procesional más hermoso que uno pueda imaginar en nuestra querida y vetusta ciudad; y que continúa en la actualidad: Altos de la Piedad, Sancti Spíritu, Cuesta del Salón, Arco del Socorro. Paseo de Don Juan II, Alcázar, Daoíz, Plaza de la Merced y Plaza Mayor ¡Hasta el nombre de cada una de las calles de este itinerario irradian belleza! Puedo asegurar que, en la noche cerrada del Jueves Santo, por esas vías, el conjunto de los faroles enmaromados y el sonido seco de los tambores, nos hacen derramar alguna lágrima que empaña el raso de nuestros capirotes. Y, en el anonimato, prosigue el llanto del nazareno hasta dejar al Cristo en la Iglesia de San Miguel.

        Con los años, sin querer perder el carácter de nuestra banda, hemos perfeccionado nuestro andar al compás de nuestra pieza más tradicional: “Getsemani”. Nos preocupamos más de afinar las dulzainas y tensar los bordones de los tambores. Procuramos ser diligentes en llevar la vestimenta apropiada y rigurosamente planchada. Es decir, somos más “pofesionales”.

        También contamos con la inestimable ayuda del sexo femenino; que, por fin, ha decidido unirse a nosotros para aportar su sensibilidad y maestría desde el año 2006. ¡Estaba ya uno harto de divisar por los dos agujeros de la caperuza los mismos traseros caídos y masculones de siempre! Ahora, al menos, se adivina la figura estilizada de una tamborilera, de una carraquera, o de una bombera.

        En fin, y no puedo abandonar mi correspondencia en esta segunda parte sin mencionar los momentos memorables que vivimos los Viernes Santos, antes de la Procesión General de los Pasos, en el bar Socorro o Polis´bar, que de las formas es sobradamente conocido. Todos los componentes de la banda reponemos fuerzas para la caminata sagrada con las torrijas benditas de Pili, esposa de Poli, y dedicamos unas saetas castellanas al maestro Agapito para que nos infunda otro tipo de energía: la que Él y nuestro Cristo han pactado pensando en llevar a nuestra banda por el camino de la amistad y la buena armonía.

 

Javier Jiménez